Despedida

DESPEDIDA

Por Elizabeth Estrada López

Octubre 30, 2010

Tras varias semanas sin contacto alguno, escuché su voz detrás de la línea telefónica. Con su particular estilo entre jocoso y serio, rápidamente me aclaró la razón de su distanciamiento: “Casi me ‘petateo’ hermana”. Me enteré así como su exceso de peso le había provocado una tremenda descompensación que lo llevó al borde de la muerte…, recién había salido del hospital y estaba, ahora sí, convencidísimo de que debía tomar medidas al respecto.

Lo escuché con alivio y atención. Habíamos sido amigos desde la preparatoria y la relación se había mantenido pese al tiempo y la distancia; tenía muchos años radicando en el Distrito Federal pero ello no había sido obstáculo para que, de tiempo en tiempo, él o yo procurábamos el contacto telefónico para compartir las alegrías o sinsabores de las últimas semanas con alguien capaz de escuchar, entender y compartir. Así de simple y de sencillo. Eventualmente él visitaba Hermosillo o yo viajaba a la ciudad de México y entonces teníamos la oportunidad de convivir con amigos mutuos o de simplemente charlar con más calma…Esa fue la rutina durante muchos, muchos años.

Hasta ese día, la comida había sido su “Waterloo”: todas sus carencias y conflictos los resolvía llevándose algo a la boca y ello había sido especialmente claro tras la muerte de su papá primero y de su mamá después. Su soledad y su vientre crecían paralelos en una cruel combinación que terminó aislándolo todavía más, a grado de estar soltero cuando rondaba ya los cincuenta años de vida.

Tras aquella difícil experiencia me confesó que tomaría medidas drásticas,… ese fin de semana se instalaba en una especie de SPA pero el paso siguiente era realizarse una operación que le ayudara a bajar de peso. Cuando colgué, un pensamiento cruzó por mi mente: “Si algo le pasa a Roberto…., yo tengo que estar ahí…… no sé cómo pero tengo que estar ahí”.

Unas dos o tres semanas después me enteré de que, por cuestiones de trabajo, debía viajar a Cuernavaca y permanecer en esa ciudad por unos días. Lamentablemente nunca encontré a mi amigo en su oficina para avisarle del viaje: “Está fuera de la ciudad” era la escueta respuesta de su secretaria.

Sin noticia alguna abordé el vuelo de las seis de la mañana de aquel domingo de septiembre; aprovecharía el día para ver a mi hermana Patty en el DF y viajaría a Cuernavaca por la tarde. De pilón, para mi sorpresa me encontré con que Lupita, mi amiga, había tenido una idea similar, viajaba al DF por trabajo pero madrugó para poder pasar unas horas con una amiga. Obvio, el trayecto se nos hizo cortísimo!!.

Ya en nuestro destino, mi hermanita se ofreció a llevar a Lupita a su hotel y luego la acompañamos al cuarto para garantizar que localizara a su amiga. Aproveché para reportarme a casa: “Mamy –me dijo la retoñita-, habló mi tío Luis Carlos que mi tío Roberto falleció hoy en la mañana”. Sentí como si de pronto cayera por un pozo oscuro y profundo sin entender bien a bien que estaba sucediendo…”¿Qué? ¿quién?” alcancé a decir con voz angustiada, mientras el silencio se instalaba en la habitación y dos pares de ojos aguardaban expectantes mis palabras.

Mi amigo había tenido una recaída y lo habían vuelto a hospitalizar; ese día, mientras yo abordaba el vuelo a la ciudad de México el lanzaba su último aliento a dos mil kilómetros de distancia. Me quedé ahí, sentada, incrédula…., el impacto era tal que mis ojos estaban secos, ni siquiera una lágrima furtiva aparecía en mi 

cara. De pronto me sentí tremendamente sola…, él había sido mi soporte emocional y confidente durante los últimos años de vida y se iba así, de pronto, dejándome con una sensación de total desamparo.

No sería sino hasta las siete de la tarde cuando se abriría la capilla ardiente.., opté por modificar el programa, tomar un cuarto de hotel y viajar a Cuernavaca hasta el día siguiente…Las horas que mi hermana y yo habíamos dispuesto para convivir tomaban ahora un sesgo distinto.

Nos lanzamos a las calles de aquella urbe sin mucha claridad sobre el programa a seguir. En principio seguramente no fui la mejor compañía del mundo, estaba ausente, confundida….hacia justo un año había perdido también a Manuel, un solidario y buen amigo, en trágicas circunstancias. Pero ahí estuvo la paciencia y comprensión de mi hermana para ayudarme y para escucharme repetir una y otra vez las imágenes y recuerdos que saltaban en mi memoria como pequeñísimos y brillantes aros de una cadena interminable.

De pronto vi un puesto de flores y le pedí que nos bajáramos. Compré un ramo grande, colorido y subí con él al carro….., unos minutos después lo sentí: ahí, en el asiento de atrás, un sonriente y etéreo Roberto compartía nuestro paseo. Primero traté de distraerme, pensando que la imaginación me estaba jugando una mala pasada…, pero la sensación, en vez de alejarse se hacía cada vez más y más fuerte….Le dije entonces a mi hermana: “No te vayas a asustar, pero en el asiento de atrás viene Roberto”. Brincó tanto en su asiento que me sorprende que no haya hecho un agujero en el techo…”¿estas segura?”…”Sí ..” le dije con toda tranquilidad….”¿y como está?”…”muy feliz, muy sonriente”

La compañía cambió mi ánimo. Ese día Roberto recorrió con nosotros la ciudad de México, se sentó a nuestra mesa y compartió nuestra charla…de cuando en cuando mi hermana preguntaba “¿está aquí?”, yo hacía un gesto con la cabeza y le indicaba el lugar en donde Roberto se encontraba.

A las siete de la noche en punto con mi ramo de flores en la mano llegué junto a su ataúd. Aquella capilla ardiente no tenía ni una sola vela y apenas unas cuantas flores.., me acerqué y vi el cuerpo de mi amigo,… pálido, mudo. Le di las gracias por su amistad y por el tiempo compartido, por su solidaridad y su confianza…luego, un arroyo desbordado de agua salada brotó por fin de mis ojos. Acerqué una silla y me senté a su lado…era mi manera de hacerle compañía en esa, la última fase de su viaje.

Y ahí me quedé…, silenciosa…, a veces las lágrimas me ganaban y dejaba escapar un sollozo…a veces escuchaba murmullos (“¿quién es?”….) ….Varias veces pensé en quitarme de ahí, en ubicarme en otro lugar…, no podía hacerlo, los piés me pesaban y la energía no me alcanzaba ni para levantarme de la silla.

A las once y media de la noche nos retiramos, mi hermana tenía que trabajar al día siguiente y a mi me pareció poco prudente abordar un taxi sola después de las doce de la noche…Me puse de pié, lo ví por última vez y salí….Al día siguiente por la mañana tuve la plena certeza de que él se había ido totalmente…., nada suyo flotaba ya en el ambiente y su descanso era total.

Un par de días después me llamó Patty mi hermana y me confesó que se había quedado muy impactada con la experiencia, así que acudió con una bruja blanca –conocida de ambas- y le dijo: “Murió un amigo de Betty y está muy preocupada, quiere saber cómo está”…Ella murmuró una oración, guardó silencio un instante y luego le dijo: “Dile que su amigo está muy bien, muy contento…y que le manda decir que muchas gracias”……Betty,….fue como tu dijiste”.

Sonreí.., en ese momento tuve la convicción plena de que Roberto había disfrutado con nosotras sus últimas horas en esta dimensión….y entonces mascullé “gracias a tí, amigo”.

Nota de la columnista: retomamos estas crónicas hasta ahora suspendidas por razones completamente ajenas a mi voluntad. Gracias por su comprensión.

1 Comment Posted

  1. La felicito. Me encanta su estilo de escribir: es ameno, entretenido y sus columnas siempre llevan un mensaje positivo. Y qué bueno que seguirá escribiendo. Mis felicitaciones.

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