Camisa a cuadros

El cajón de la copechi

 

 

CAMISA A CUADROS

Serie “Pata de perro” (1)

Por Elizabeth Estrada López

8 de agosto  del 2012

Hermosillo, Sonora

La rutina dominical estaba en su fase final: la sister –Terry-, el Ché y yo recorríamos los pasillos del supermercado buscando los últimos artículos requeridos para  echar en la carretilla. En una de tantas vueltas e inexplicablemente, desde el rabillo del ojo llamó mi atención una camisa a cuadros y una melena larga, canosa y un tanto cuanto hirsuta. …No me detuve, seguí mi camino pues mis acompañantes estaban ya frente a la caja registradora y yo requería un par de artículos para el viaje que iniciaba el día siguiente.

 

 

 

Unos minutos después,  con mi timidez característica, estaba en plan de franca charla con la cajera y la empacadora –una dama frágil, de cabello blanco y sonrisa dulce-  cuando percibí como el hombre de la camisa a cuadros  desatendía el cobro de su compra para volverse hacia nosotros y sonreírme….Apenas lo reconocí: cuando uno pasa de los cincuenta “…y quihúbole”, dos años pueden parecer una eternidad.

 

 

 

A él y a su esposa los conocí poco más de 30 años atrás cuando apenas eran novios; mantuvimos una relación relativamente cercana hasta que un día, las veredas de nuestras vidas se separaron y perdimos el contacto. Curiosamente era a él a quién cada cierto tiempo, encontraba en los lugares más curiosos…..el supermercado por ejemplo,  y ahí nos tomábamos unos15 o 20 minutos para ponernos al corriente.

 

 

 

Profesionista exitoso, maestro de auténtica vocación y dedicado padre de familia, la última vez que lo encontré desarrollamos la mayor parte de nuestra conversación prácticamente en susurros. Según me contó,  una afección todavía sin identificar le estaba llevando a perder la voz, había tenido que dejar las clases y limitar el ejercicio de su profesión para la cual ella es una herramienta indispensable.  La familia apenas estaba procesando la situación y todavía no terminaban de tomarse las medidas para enfrentar esta “temporal” discapacidad del jefe del hogar.

 

 

 

Con ese recuerdo muy fresco, le sonreí tratando de leer sus labios para entender el tenor del comentario que me obsequiaba desde la caja de enfrente. Apuré el “odioso” trámite de pagar lo que llevaba a casa y me acerqué a saludarlo.

 

 

 

Ya frente a él tuve la certeza de que no era el reloj del tiempo quién le estaba cobrando alguna factura pendiente, el blanco matizaba su cabello, ciertamente, pero en lo general lucía fuerte y saludable. ….Era su mirada con un dejo de tristeza, una voz apenas audible y unos hombros causados los que parecían sumar años a sus espaldas…… Era inevitable hablar del tema: ”¿Sigues igual?….¿pues qué tienes?”, le lancé sin mayor trámite….Me miró con una mezcla de coraje y  frustración: “Eso me gustaría saber…..”  .Su respuesta me cayó como plomo: “Tanto tiempo ¿y no tienes diagnóstico?”

 

 

 

Así fue como, a  entre carritos del super y los ires y venires de los clientes, mi amigo me contó su calvario: al parecer, un diagnóstico inicial había vinculado su problema en la voz con un problema de hernia hiatal por lo que actuaron en consecuencia. Para aquellas etapas de su padecimiento, él había perdido ya los beneficios de alguna institución de salud, así que la atención y seguimiento a su padecimiento lo había logrado a través del Hospital General del Estado.

 

 

 

Fue así como justo la tarde del 5 de junio del 2009  – “el día negro de Hermosillo” lo llamó él-  le fue practicada la intervención quirúrgica que, teóricamente, le devolvería la posibilidad de comunicarse verbalmente. Estaba ahí, en el quirófano, cuando las nubes de la tragedia cubrieron a la capital sonorense con casi un centenar de niños quemados requiriendo ser urgentemente atendidos con el lógico colapso de los servicios de salud.

 

 

 

Para atender aquella emergencia, los hospitales comenzaron a reclutar a todo su personal; en ese caos, el equipo médico que le atendía poco a poco se fue desintegrando hasta dejarlo bajo el cuidado de un solitario cirujano presionado insistentemente para que finalizara su labor y se abocara a la atención de los pequeños.

 

 

Obvio, el seguimiento a su intervención quirúrgica fue también deficiente. Salió del hospital víctima de intensos dolores y con su problema vocal idéntico….o agravado….. “Al parecer –me explicó-, me dejaron la malla que instalaron muy apretada…eso presiona vasos sanguíneos y nervios…pero no me pueden volver a operar”.

 

 

 

Escuchaba casi sin poder creer lo que me decía…Los intensos sonidos y movimientos de aquel lugar -¡la entrada a un supermercado!- habían desaparecido…, mi cerebrito se esforzaba por dimensionar la situación que mi amigo había vivido pero era  algo que me estaba resultando muy difícil: “…..y ni a quién echarle la culpa” comenté entre dientes. Una bocanada de aire rasgó su garganta con fuerza….pero de su boca emergió apenas un susurro apagado: “Son daños colaterales….¿demando al doctor? ¿al hospital? ¿a los papás de los niños?…¿a quién?”.

 

 

 

El Ché y la sister habían optado por tomar asiento. Todavía impactada me despedí, sin atinar a encontrar cuál debiera ser el comentario apropiado para cerrar una charla como aquella con el hombre de la camisa a cuadros….Le desee suerte, envié saludos a la familia y me reuní con los míos sintiendo revolotear en mi cabeza solo una idea: ¿Cuántas historias similares podríamos tejer alrededor de aquel fatídico 5 de junio?  ¿cuál será la dimensión exacta de los daños colaterales de aquella dolorosa tragedia?….Seguramente nunca lo sabremos.