Encuentros

El cajón de la copechi

ENCUENTROS

Serie “Pata de perro” (2)

Por Elizabeth Estrada López

12  de agosto  del 2012

Hermosillo, Sonora

 

Llegué al aeropuerto de Hermosillo en el minuto exacto en que, de acuerdo a lo establecido, el vuelo a Guadalajara debía de estar cerrándose.  Con lap top, bolsa de mano y  la infaltable maletilla con los tamales, tortillas y chiltepines requeridos por la parentela, corría como si quisiera ganarle a Usain Bolt mientras apenas unos pasos atrás la sister Terry hacía otro tanto… ella sí, jalando mi  maleta. Para mi suerte, todo indicaba que al 99.9 % de los pasajeros  también se les hizo tarde porque la fila para documentar estaba kilomeeeetricaaa!!!!!….Ahhh!!! pero tenía pase Express y ahí había solo dos personas…!yeeeesssss!…

Como después lo comprobaría, el retraso sería lo de menos. El primer problema se dio sólo llegar al mostrador pues  la maletilla de los antojos   pesaba como 10 kilos: o pagaba sobre carga (cerca  de $500.00),  la llevaba como equipaje de mano junto a mi lap (y terminar en el hospital), me comía todo, dejaba todo….o buscaba acomodar en mi maleta todas aquellas delicias. Haciendo uso de una de sus múltiples habilidades, la “sister” entró en acción, empujó aquí, movió allá y en un dos por tres hizo el espacio para guardar todo. Doblé la maletilla, la acomodé, respiré profundo y me despedí de mi hermanita lista para iniciar mi aventura.

Era lunes por la tarde. El plan era pasar el resto de la semana en León, Gto  y pasar sábado y domingo en el DF;  considerando la situación, mi expectativa no iba más allá de convivir con mis seres queridos -“Moko”, mi nieto cuadrúpedo incluido-  y de cambiar de aires, de caras, ..de rutinas …y del ambiente sofocante que calor y humedad habían traído a la ciudad.

Unos cuantos pasajeros deambulaban por la sala de abordaje,  rápidamente encontré entonces  las tres sillas que necesitaba para acomodar todos mis cachivaches.  A unos pasos de mí, una chica con un fresco  vestido largo me miraba con curiosidad…”Ya sé, parezco arbolito de navidad” le dije con un guiño. “Así pasa cuando viaja uno” me respondió sonriente….”¿A dónde vuelas?” le pregunté entonces mientras  ¡por fin!, me sentaba… “A Guadalajara” contestó de inmediato…Era tapatía, vino a Hermosillo a ver a su novio y, en efecto, las alertas recibidas respecto al infernal calor se habían quedado muy cortas.

La uno es nuestra puerta de salida ¿verdad?” le dije tras nuestra breve charla. “Si, pero traen un enredo con el abordaje, que esta fila para acá, esta fila para allá…eso me pasó en Guadalajara” compartió…Tardé unos minutos en asimilar el comentario,  mirada fija, neuronita trabajando hasta que respondí: “¿Es la primera vez que viajas en esta línea?”…Respondió afirmativamente con la cabeza….”Ese que viste es el proceso normal de abordaje…, son los inconvenientes de una línea de bajo costo” agregué con gesto de complicidad…En eso el movimiento de muchas personas colocándose en fila llamó nuestra atención así que nos dispusimos a hacer otro tanto. .

Y ahí  estoy, muy digna,  muy derechita, pero renegando de mi ocurrencia de haber echado ¡tres! libros para el camino más un cuaderno de anotaciones…!Digo!, con uno bastaba, ¿qué necesidad de provocar  un surco en el hombro por tanto peso?. Lo único que me animaba era pensar que, si mi reloj no mentía, en unos minutos más iniciaríamos el proceso de abordaje….Ahora sí que “y nos dieron las 10, y las 11..” y ¡nada!. , ..cuando estaba a punto de, con mucha propiedad, sentarme en el suelo con todas mis chivas alrededor,   una voz femenina anunció un retraso de hora y media en la salida de nuestro vuelo. Para entonces, había agarrado el “chal” con  mi compañera de fila, una caborquense, así que no fue raro que buscáramos, juntas, un nuevo lugar donde acampar antes de ir a buscar ¡un café por favorrrrr!.

Mi joven amiguita del largo vestido se había esfumado. Ahora tenía junto a mí a una dama muy agradable que no había perdido el glamour pese a que había salido de la Perla del Desierto en la madrugada y arribado al puerto aéreo con tres horas y media de antelación a la salida de su vuelo. Entre mis bártulos, su caja de carne congelada y una terminal que, ahora sí, bullía de gente, encontrar dos lugarcitos donde estacionarse resultó toda una faena. Pero no cabe duda  que en equipo las cosas son más sencillas: nos turnamos para cuidar el campamento mientras una y otra iba por su café, nos instalamos y nos dispusimos, como dos viejas amigas,  a gastar los minutos en ponernos al corriente sobre el curso que habían seguido nuestras vidas.

Tuve que preguntarle por Don Nereo de la Peña, el artista veracruzano al que nunca conocí pero al que me hubiera gustado entrevistar  y con quién, por alguna razón, me siento identificada. Me habló de su talento, de su personalidad, de sus hijos, de su familia…del respeto de los caborquenses a su persona…Ella, a su vez, nunca lo trató directamente pero una de las ventajas de vivir en ciudades pequeñas es que, al final, todo mundo se conoce.

Su matrimonio le dejó una hija, una tierra adoptiva –Sonora-  y la experiencia de convivir con un hombre violento. Hacía apenas unos meses se había tomado por fin la  decisión de jubilarse aunque, evidentemente, era un paso que había dado con mucho temor…Hoy disfrutaba de su tiempo, de su mascota – obvio, tenía que ser amante de los perros- y de una actividad de servicio comunitario que había abrazado desde tiempo atrás: la formación y consolidación de dos grupos ALANON, enfocado a apoyar a familiares de alcohólicos.

La pregunta era inevitable pero dudé en hacerla…. Implicaría quizás obligarla a hablar de situaciones personales y no sabía si aquel era el momento y el lugar: “¿Tu marido era alcohólico?”. Me miró con sorpresa así que le aclaré: “Es que normalmente te involucras en ese tipo de situaciones a partir de una experiencia propia”…Negó con la cabeza pero sus ojos reflejaron una ráfaga de recuerdos amargos segundos antes de que un manto de profunda tristeza cubriera su mirada.

Comenzó a explicarme cómo se había involucrado en esta tarea a partir de una actividad particular realizada en su trabajo muchos años atrás pero la voz femenina nos interrumpió: el sonido local anunciaba el abordaje de nuestro vuelo. Ahí vamos, otra vez, a tomar nuestro lugar en una fila, ahora sí, movilizada con rapidez; nos acompañamos hasta que cada una eligió el asiento de ventanilla que mejor le acomodó.

Debo haber propinado un par de bolsazos pero nadie se quejó: con mi bolsa de mano pesando como si fuera a maquillar a Lady Gaga y mi abultado estuche de la lap me paré frente a la fila 17 con ojos de perro apaleado; mi compañera de pasillo se levantó de inmediato y dejó entrar todo el espacio que pudo para que pasara aquella mole humana.

Amé mi lugar…la ventanilla me permitía contemplar a mis anchas las nubes y el asiento vacío de junto me daba  espacio extra para maniobrar, curiosamente, .el único lugar desocupado en aquel avión.  Más allá estaba una mujer un tanto cuanto “llenita” cuya buena vibra me hizo sentir bien desde el principio….Se dieron las últimas indicaciones y, en breves momentos surcábamos los aires rumbo a nuestro destino.  (Continuará)