Encuentros, Parte II

 

El cajón de la copechi

ENCUENTROS

(Parte II)

Serie “Pata de perro” (4)

Por Elizabeth Estrada López

septiembre  del 2012

Hermosillo, Sonora

Ya instalada en mi asiento, con la ventanilla al lado brindándome  sensación de libertad me dispuse a dejar atrás todas las preocupaciones y pendientes y dedicarme a disfrutar las diversas etapas de mi viaje con todo lo que  trajeran.

 

 

Como el avión no dejaba de brincar, el capitán entró al quite y anunció que nos mantendríamos por algunos minutos en zona de turbulencia, pidiendo a los sobrecargos mantenerse en sus asientos. La verdad yo estaba feliz de ¡por fin!, haber iniciado mi viaje…, recargué la cabeza en el vidrio y dejé mi mente navegar en la nada por algunos minutos para terminar de desconectarme….Luego tomé uno de mis libros junto con mi cuaderno de anotaciones y me lancé a leer….¿Qué porqué anoto?…soy kinestésica, es decir, para aprender algo necesito subrayar, anotar, sintetizar, hacer graficas, etc. etc., entonces, si espero que mi tiempo de lectura sea productivo ¡uso mi cuaderno!.

 

 

La dinámica del vuelo se normalizó poco tiempo después y en uno de tantos avisos consideré las ventajas de adquirir un boleto para el bus que trasladaba pasajeros del aeropuerto a la central de autobuses…Digamos que el ahorro era significativo….El momento de la vendimia llegó y fue ahí cuando mi interlocutora y yo comenzamos a charlar.

 

 

Ella venía de Nogales y se dirigía a  Aguascalientes a la celebración del 25 aniversario de la ordenación como monja de una amiga,  un gesto que me pareció muy acorde con aquella mujer dulce y suave y al mismo tiempo fuerte y firme. “Una mujer total y absolutamente confiable” lanzó mi neuronita como queriendo complementar mi análisis.  Había nacido  en la frontera  nogalense, pero en algún momento, según entendí, vivió en Aguascalientes, un lugar al que, algún día, le gustaría volver.

 

 

Le confié como había aceptado la invitación de uno de mis hijos y me dirigía a León a pasar con él unos días de asueto, solo con la idea de descansar y despabilarme pues él, tras una operación de rodilla, algunas semanas incapacitado y de recibir a su papá unos días, era previsible que tuviera sus tiempos muy cortos…Igual, tal cual en su momento me enamoré de Monterrey  y su imponente Cerro de la Silla, sentía que León era, casi casi, como mi segunda casa.

 

 

“…solo espero poder ir a comprar zapatos” le dije medio en son de broma. De pronto me sorprendió su conocimiento del tema.., lugares, precios, condiciones, modelos, etc. etc. etc. …para luego confiarme: “Es que trabajo en una preparatoria y cada año traemos a un grupo de muchachos a Guanajuato, al Cervantino”.  Me platicó con entusiasmo de los viajes ya establecidos en su escuela para los muchachos, algunos al norte y otros al sur y algunas anécdotas relacionadas con aquellas experiencias lo cual, por cierto, me pareció una opción formativa muy interesante..

 

 

No, mi interlocutora no era una maestra del montón, era más que evidente su cariño para los estudiantes y su buena relación con ellos.  Intrigada le pregunté: “¿De qué materia das clase?”…Sonrió: “Soy prefecta” ….un “!pues sí!” no pensado salió de mi boca así que luego complementé: “….!tienes el perfil perfectooo!”. .Aún antes de que ella dijera una sola palabra más, una sonrisa amplia y luminosa me hizo saber cuán feliz le hacía  su tarea cotidiana y de su posibilidad de ser parte de la historia formativa de estos chicos. “Lo mejor –me compartiría después-, es cuando ya terminaron su carrera y te buscan para saludarte y compartir contigo la buena nueva, para darte las gracias por el apoyo recibido”….”Si –dije para mí- eso es indudablemente lo mejor”.

 

La charla continuó sin importar los tumbos de un avión víctima de nueva turbulencia. Finalmente nos despedimos, salí presurosa a  buscar el lugar donde debía tomar el autobús que me llevaría a iniciar la segunda parte de mi traslado. En Guadalajara eran poco más de las nueve de una noche, para mí, inesperadamente tibia.

 

 

Salí a la sala de espera como gallina recién comprada, sin tener ni idea para donde y por donde encaminarme. Buscaba por ahí.., buscaba por allá hasta que atiné a preguntarle a una persona: “Señor ¿de casualidad no sabe por dónde me voy para tomar el autobús que me lleva a la central?”…Contempló a aquella dama con el glamour perdido, jadeante ante el peso de su lap y solo señaló a su derecha con el dedo índice: ahí, exacta y justamente junto a él estaba un señor alto, trajeado, deteniendo un enorme letrero ¡rojo! que decía “PASAJEROS HACIA LA CENTRAL DE AUTOBUSES”……!Ops!…¿así o más  despistada la muchacha?….

 

 

Pese a que me hubiera caído bien una visita al baño, enterada de que el camión salía rumbo a su destino 20 minutos después de la llegada del vuelo opté por dejar ese pequeño “pendiente” para después y caminar “derecho, derecho, derecho por esta banqueta” según me indicaron,  hasta encontrar el vehículo estacionado. Mis afanes tuvieron éxito, fui la segunda pasajera en llegar al lugar donde se encontraban dos autobuses, uno con puerta abierta y otro cerrada…obvio, nos instalamos en el que parecía estar esperándonos.

 

 

Alrededor de 20 minutos después el grupo completo recibió al chofer que, de entrada nos indicó que estábamos haciendo fila en el bus equivocado..y ahí vamos cargando todas nuestras chivas…No, no había baño cerca, menos uno que me permitiera entrar y salir con velocidad con todo y cachivaches.

 

 

Fui de las primeras en subir y opté por instalarme prácticamente detrás  del chofer; todo hacía indicar que el lugar de junto se quedaría vacío hasta que una de las últimas damas en subir, chaparrita, morena, pelo corto, preguntó  “¿Está desocupado?”. Afirmé con la cabeza mientras hacía un lado mi bolso de mano…

 

 

En ese momento nunca me imaginé que aquella sería uno de mis encuentros más impactantes del viaje. (Continuará)