EL CHATO
Por Elizabeth Estrada López
16 de septiembre del 2012
Serie “Lo Cotidiano” (1)
Pisé el freno e instintivamente recorrí los alrededores con la mirada….La imagen apareció en forma instantánea: un chofer callado pero siempre dispuesto, un autobús “sin trompa”, más limpio y en mejores condiciones que lo común, acercándose a nosotros por la Calle Revolución, mientras una pléyade de estudiantes disponíamos los .50 cts reglamentarios para abordarlo.
Eran los fines de los sesentas y aquél vehículo era, digamos, la élite del transporte en la zona norte de Hermosillo, tomarlo te ubicaba más rápidamente en el centro de la ciudad, evitándote el aburrido tránsito por la Cinco de Mayo y sus alrededores, costaba lo mismo y el servicio estaba garantizado. Los “peseros” que seguían una ruta similar le llamaban “El rastrillo” porque ¡se llevaba todoooo!!!.
El automóvil era un lujo que podían darse solo unos cuantos, algunos más viajaban en moto o en bici…el resto nos movíamos, sin mayor problema, en transporte público. El Chato se movía del centro de la ciudad hasta la entonces ETIC No. 26 –hoy Carlos Espinoza Corral- circulando por el Blvd. Morelos y la Calle Revolución.
Sin Dirección del Transporte ni concesionarios de transporte, los hermosillenses podíamos trasladarnos a cualquier punto de la ciudad utilizando alguna de las líneas operadas por empresas particulares: la azul, la amarilla –propiedad de la familia Munguía- , otra roja –que transitaban por acá en el norte- y El Chato, propiedad de los Castellanos aunque algún tiempo su chofer –Don Toribio Zaragoza Ortega- fue su dueño.
Un ambiente inusualmente húmedo incrementaba los cuarenta y tantos grados de temperatura ambiente mientras yo checaba por enésima ocasión que el aire acondicionado funcionara correctamente y una cálida voz, desde la radio, coreaba “…dime cuál es tu secreto.., dama del amanecer”. “No –recordé entonces-, El Chato no tenía aire acondicionado pero parte de la diversión para nosotros –estudiantes de secundaria- era el instalarse un lado de la ventana y dejar que el viento nos pegara en la cara e hiciera trizas el peinado”.
Don Toribio había llegado a Sonora siendo apenas un jovencito; llegó “de trampa” en el tren junto a un grupo de amigos de alguna manera huyendo de un padre militar excesivamente estricto. Todos sus amigos se regresaron, él se quedó en Vícam en donde, años después, conocería a quien fue su esposa, Febe Vázquez y con quién procrearía 7 hijos.
Nunca supe si el apodo para aquel medio de transporte venía de las características del automotor…o de su chofer. A como lo recuerdo, Don Toribio era un hombre adusto, de amplia estampa, pelo rizado y ancha nariz que cumplía día a día las agotadoras jornadas sin chistar haciendo lo que tenía que hacer: iniciar su recorrido a tiempo, mantener el camión limpio y en condiciones óptimas y en la caja la “feria” suficiente para atender al usuario.
El semáforo estaba por cambiar. A mi lado, en la parada de camión, casi un centenar de personas buscaban cobijarse del sol de medio día en los lugares más insólitos mientras ven pasar, atiborrado, un camión que no quiso –o pudo- levantarnos. aguardaban, desesperados, alguna forma de llegar a su destino. ….El Chato enfermó de los riñones poco tiempo después de que terminé la secundaria –en l969- … falleció en l989 y parece que con él se fue también aquel servicio de transporte público bueno, eficiente y barato que siempre ofreció. .


