–EL COBANARO– Fondo Monetario Internacional

Históricamente, esta institución ha impuesto una barrera de condicionalidad a aquellos gobiernos que le solicitan ayuda.

Por Octavio Almada Palafox

La institución financiera ha provocado severos daños a naciones en desarrollo. Las revueltas del norte de África devastaron el territorio de sus respectivos países. Egipto, por citar un ejemplo, ha perdido más de 7 mil 500 millones de euros desde que comenzó la revolución, a finales de enero pasado. Sin embargo, su estado de crisis puede que esté por pasar. A inicios de junio, el gobierno egipcio ha conseguido un préstamo de parte del Fondo Monetario Internacional (FMI) que permita la recuperación económica de ese país. Luego de las enormes pérdidas económicas que hasta ahora ha sufrido en el turismo y la industria, a la par del elevado costo de reconstrucción y mantenimiento de la infraestructura, en Egipto no están para escoger: a pesar del “plan de estabilización” al que habrá de someterse la economía egipcia, están dispuestos a aceptar la inversión del Fondo con tal de retomar el paso y recuperar su posición como principal aliado de los Estados Unidos (EEUU) en la zona. La aplicación de ese plan, no obstante, atenta contra la soberanía y solicita la implantación de medidas neoliberales antipopulares, como la privatización de las empresas estatales. Es el costo de la recuperación a partir del FMI.

 

Viciado de origen

Desde su concepción hace más de 67 años, el FMI ha tendido a favorecer los intereses del imperialismo estadounidense. Meses antes de su creación en 1944, se realizaron discusiones en torno a la reorganización del Sistema Monetario Internacional. Los participantes de dichas discusiones fueron dos economistas, uno británico y el otro estadounidense: Keynes y White. Ante el temor de que la insolvencia financiera pudiera provocar la especulación en el mercado y en consecuencia una nueva crisis económica como la ocurrida en los años 30 y que precedió a la Segunda Guerra Mundial, una de las juntas previas a la conformación de la Organización de las Naciones Unidas se destinó a pactar un nuevo modelo de regulación monetaria internacional. Ambos economistas presentaron un proyecto acorde con las necesidades de su país: el inglés Keynes proponía un modelo semejante a un banco internacional donde cada país tuviera una cuenta y los préstamos fueran relativamente accesibles, sobre todo al considerar la necesidad de recursos financieros que había en Europa tras la guerra. En cambio, White pugnaba por la creación de una entidad cercana a un intermediario que pudiera conceder préstamos en función de las cuotas que éstos aportaran, fijadas a partir de las reservas de moneda internacional presentes en cada país. La decisión, no obstante, se tomó en 1944 de forma razonable: los EEUU eran el mayor acreedor entonces. Luego, el modelo aceptado fue el del economista norteamericano, con algunos ajustes.

 

Préstamos condicionados

La entrega de los recursos del FMI a un país que se halle en situación de crisis financiera no se da en automático. Históricamente, el Fondo ha impuesto una barrera de condicionalidad a aquellos gobiernos que le solicitan ayuda. Dichas condiciones tienen una orientación clara: la transformación hacia el neoliberalismo. En La doctrina del Shock, la periodista canadiense Naomi Klein describe el plan de estabilización, es decir, los requisitos que durante la década de los 80 solicitó el FMI para la entrega de los recursos, como “el triunvirato neoliberal de privatización, desregulación y libre comercio, y recortes drásticos en el gasto público”. Ello debido a la solicitud que realizaba el Fondo a los países rescatados de abolir las barreras a la entrada de empresas extranjeras y de privatización de empresas estatales. Estas condiciones se justifican con uno de los objetivos del FMI: “Infundir confianza a los países miembros poniendo a su disposición temporalmente y con las garantías adecuadas los recursos generales del Fondo, dándoles así oportunidad de que corrijan los desequilibrios de sus balanzas de pagos sin recurrir a medidas perniciosas para la prosperidad nacional o internacional”.

En palabras de Jacques de Larosière, ex director general del organismo en 1983, “el financiamiento ayuda a restablecer la confianza de otros prestamista y permite al país interesado tener acceso a nuevos recursos externos”, es decir, los recursos del Fondo garantizan que al invertir en un país apoyado por él, se aplicarán medidas que favorezcan el ingreso y desarrollo de capital extranjero. El mismo Larosière remata: “estos programas se esfuerzan en establecer una estrategia compatible con los intereses económicos de los otros países”.

 

Decisiones en manos de EEUU

La estructura administrativa del organismo permite que EEUU tengan un control notable sobre las decisiones importantes que han de tomarse respecto del financiamiento en el mundo. Esto significa que el FMI carece de autonomía, y trabaja más bien para intereses de las grandes potencias, sobre todo de la que también es su sede. El FMI consta de tres organismos dirigentes: el Consejo de Gobernadores, el Consejo de Administración y el Director General. El primero de ellos se forma con un representante de cada uno de los países miembros; no obstante, sus votos aumentan en función de las cuotas que cada país destina para el Fondo. En este caso, se otorga un voto por cada 100 mil dólares de cuota. Las cuotas más elevadas corresponden a Estados Unidos, cuyo porcentaje de votos, desde el nacimiento de la entidad, se ha mantenido por encima del 15 por ciento. Dicha cantidad es determinante en la toma de decisiones importantes en la entidad, pues éstas sólo se aprueban si se cuenta con una mayoría superior al 85 por ciento, inalcanzable sin el respaldo de EEUU o la mitad del bloque europeo.

El otro organismo colegiado, el consejo de Administración, se forma de 24 miembros, ocho de los cuales pertenecen a las principales potencias del planeta o los países con cuotas más elevadas y son fijos, mientras que el resto es elegido por bloques regionales de países.

 

FMI no es infalible

A pesar de la promoción que se hace del trabajo de rescate que emprende el FMI en momentos de crisis, los resultados de su labor no son los más satisfactorios, y de hecho se podrían considerar como fracasos al no cumplir su objetivo inicial. Mark Weisbrot, codirector del Centro de Investigación de Políticas Económicas (CEPR, pos sus siglas en inglés) advirtió que en América Latina se ha dado un decrecimiento en el Producto Interno Bruto (PIB) tras la aplicación de las medidas neoliberales que condicionan los préstamos del Fondo: entre 1960 y 1980, el PIB real per capita fue de 82 por ciento, el cual descendió hasta 9 por ciento para las siguientes dos décadas, y continuó su caída durante la primera mitad de la década siguiente, cuando alcanzó el 5 por ciento. Un caso similar se presentó en Asia, cuando al comparar los PIB de Rusia y China antes de la conversión de la primera al capitalismo, apoyada por la inversión y las políticas neoliberales del FMI. “”En 1990 el PIB chino era el 60% del ruso, y a finales de la década la situación se había revertido; Rusia registró un aumento inédito de la pobreza y China un descenso inédito”, explica Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía en uno de sus libros sobre globalización.

Se puede considerar incluso que el propio FMI ha reconocido lo inadecuado de sus políticas de condicionalidad de los préstamos, que la reciente crisis económica iniciada en 2007 acentuó, sobre todo por el impacto que tuvo en países subdesarrollados. A razón de ello, el FMI anunció en marzo de 2009 la reestructuración de sus mecanismos de crédito para ayudar a los países superar la crisis. Una de las medidas más importantes fue la creación de Líneas de Crédito Flexible (LCF), un financiamiento a gran escala y de acceso inmediato para los solicitantes. Lo destacado de esta innovación es que se puede disponer y hacer uso de esos recursos sin que el país cumpla con los objetivos de la política económica acordados con el Fondo, es decir, se soslaya la condicionalidad. Apenas tres semanas después, México solicitó una LCF, que se renovó ya dos ocasiones, la primera 11 meses después, y la segunda en enero pasado, además de incrementarse en casi un 50 por ciento de su monto inicial, de 47 mil millones de dólares hasta un total actual de 73 mil. Dicho crédito se solicitó como forma de prevención para terminar con cierta seguridad financiera el actual periodo presidencial en caso de “turbulencias financieras” en el exterior, según explicó el gobierno Federal. Con todo, hay naciones que se han salvado de las políticas neoliberales e ineficaces impuestas por el FMI. Durante una entrevista, al ser cuestionado sobre el aparentemente inevitable destino de los países ser imbuidos en la lógica neoliberal, Stiglitz explicó que Botswana se halla fuera. El motivo: “Ellos ordenaron al FMI hacer las valijas e irse”, sentenció el economista.

Nueva Tribuna sábado 13 de junio del 2015. El Fondo Monetario Internacional comenzó su singladura destructora tras la conferencia de Bretton Woods un 27 de diciembre de 1945, víspera en nuestras latitudes del día de los Inocentes. El propósito de los primeros promotores fue impedir que se volviesen a repetir los terribles desajustes económicos que llevaron a la crisis de 1929 y a la depresión generalizada de la década de los treinta que concluyó con la Segunda Guerra Mundial. En ese primer momento se trataba de crear un supervisor mundial que velase por la equilibrada fluctuación de las divisas estatales, el desarrollo del comercio mundial y la previsión de desequilibrios macroeconómicos que pudiesen poner en peligro la economía. John Maynard Keynes, que participó en las primeras conversaciones constitutivas, llegó a proponer la creación de un banco mundial con verdaderos poderes reguladores, pero su propuesta fue rechazada por intervencionista  y porque al Fondo esperaban misiones muy “superiores” a las sugeridas por el economista inglés. La muerte de Roosevelt en 1945 y del propio Keynes al año siguiente, dejarían al organismo económico internacional un papel menudo que solo se aquilataría con el triunfo de las doctrinas neoliberales. En efecto, al igual que ocurrió con Naciones Unidas tras las conferencias de Dumbarton Oaks y San Francisco, el Fondo Monetario Internacional nació con una fuerte impronta antidemocrática que lo convertía en un instrumento al servicio de los estados más ricos y poderosos. Así como el derecho a veto de las grandes potencias en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas dejaba en papel mojado cualquier resolución de las mayorías, la aprobación de las propuestas importantes del Fondo Monetario Internacional requieren de una mayoría cualificada del 85% de sus miembros, lo que en la práctica supone que todas las decisiones tienen que contar con el apoyo de Estados Unidos, país que debido a su aportación económica cuenta con un 16% de los sufragios. Mientras Estados Unidos seguía intentando ganar la “guerra fría” para imponer su hegemonía mundial, el FMI se mantuvo en un segundo plano que le otorgaba muy poco peso en el diseño de la política económica de los distintos países. Fue a raíz del golpe de Estado de Pinochet en 1973 y de la aparición de las políticas neoliberales de la Escuela de Chicago que irrumpieron en el mundo con fuerza tras la victoria de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, cuando se produjo un acercamiento entre los economistas y funcionarios ultras del Gobierno norteamericano y los del FMI, convirtiendo al organismo económico internacional en garante planetario de la ortodoxia de la doctrina económica ultraliberal, doctrina que podríamos resumir en estas palabras escritas por el antropólogo y geógrafo británico David Harvey: “El neoliberalismo es, ante todo, una teoría de prácticas político económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada fuertes, mercados libres y libertad de comercio. El papel del Estado es crear y preservar el marco institucional apropiado para el desarrollo de éstas prácticas”. Al principio, en la década de los setenta, la actividad del FMI se centró casi exclusivamente en Chile, país que “logró salir” de la crisis económica laminando todos los derechos económicos, políticos sociales y culturales de sus ciudadanos con una violencia tal que tanto esos derechos como el espíritu cívico crítico siguen desaparecidos de aquella nación hermana. Posteriormente, todas y cada una de las dictaduras Latinoamericanas –Argentina, Uruguay, Paraguay, Perú, Ecuador, Bolivia, Brasil, Venezuela, El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua…- sufrieron en las carnes de sus habitantes los efectos destructores de las directivas del Fondo, destinadas en su mayoría a incrementar la deuda de los Estados mediante préstamos leoninos de inaplazable y perentoria devolución para de esa forma obligar a drásticos recortes en el gasto público. La llegada al poder de Hugo Chávez en 1999 marcó el declive de la tiranía del FMI sobre los estados latinoamericanos, pero para entonces ya había desaparecido la URSS, Estados Unidos había ganado la “guerra fría” y Europa se había convertido en la nueva presa: Desaparecida la URSS, con China lanzada a bocajarro al capitalismo salvaje, no tenía ningún sentido que en un pequeño trozo del planeta Europa Occidental existiese un mercado del trabajo regulado con jornada de ocho horas, jubilación a los 65 años, vacaciones de treinta días, pensiones, prestaciones sociales, Educación y Sanidad públicas. Eso era una anomalía, un fruto amargo de la “guerra fría”, un quiste que le había salido al capitalismo y que era necesario extirpar de forma rápida y segura: La “guerra fría” con la URSS había terminado con la victoria, ahora comenzaba la “guerra fría” con la Europa de los Derechos y del bienestar, un lujo y un ejemplo que el nuevo mundo globalizado no podía permitirse, un atentado contra la mano invisible que rige los mercados, un sacrilegio contra la Ley de la Desigualdad Creciente, convertida en Carta Magna del Planeta. Hoy, tras más de cuatro décadas de imposición de las doctrinas austericidas y contrarias a los Derechos Humanos por parte de Estados Unidos, la UE y el FMI, Europa Meridional agoniza como hace unos años agonizaba Latinoamérica. Pero no sólo morirá esa parte de Europa porque si no somos capaces de poner coto a tanto desvarío y tanta crueldad, caerá toda Europa y detrás de la Europa que un día admiramos y quisimos, que perdura en la memoria de muchos como una quimera en descomposición, caerá el resto del mundo, incluidos los países hermanos de América que durante unos años han podido respirar, incluido el creciente asiático que nada podrá vender a quien nada puede comprar.

Es decir, que bajo el auspicio de la potencia hegemónica que dicta e impone, por la fuerza de sus bombas o de su FMI, brutales medidas para expandir el beneficio de los menos y desmontar los Estados democráticos, podemos estar asistiendo al principio del fin del capitalismo tal como lo hemos conocido y al desmantelamiento del comercio mundial, porque la pobreza no genera plusvalías, porque la devaluación de países enteros como España, Italia o Grecia sólo conseguirá que sus tradicionales suministradores, a medio plazo, vean mermada su producción en una espiral que sólo conseguirá igualar al mundo por abajo. Tal es la obra criminal del FMI, de quienes lo financian y de quienes todavía lo defienden.

 

«Las economías del mundo global no son las del mundo de la pobreza» – Octavio Almada

 

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