Solidarios o rebeldes

¿Será que pasamos en tan sólo cinco meses del “Yo te echo la mano” al “sálvese quien pueda”?

Por Carolina McPherson

En México ha habido en las últimas fechas una gran controversia respecto al uso del cubrebocas como recurso efectivo para prevenir el contagio de COVID-19 y aunque su uso solo es una recomendación, hay quienes argumentan con tal de no portarlo, que tal sugerencia es el inicio gradual de la pérdida de sus libertades.

Así lo ha sido con cada una de las medidas que las autoridades han propuesto. Primero ocurrió con las reuniones masivas, después con el cierre de los giros no esenciales y más adelante con las restricciones de horarios; en cada una de estas solicitudes a la población, surgieron grupos que se proponían firmemente no cumplir con ninguna de ellas. Por supuesto que son “harina de otro costal” quienes no tuvieron otra alternativa que seguir trabajando y saliendo durante el confinamiento para llevar el sustento a su hogar.

Steven Taylor, prestigiado psiquiatra clínico y autor de “la psicología de las pandemias”, comentaba ante la llegada del SARS-COV2 al continente americano, que debíamos estar preparados para afrontar una gran ola de trastornos de depresión, ansiedad, estrés post traumático e incluso el aumento en el consumo de sustancias, el abuso de niños y la violencia doméstica. Y si, en los primeros días ocurrieron eventos que daban los primeros indicios de la veracidad de su afirmación, supermercados repletos de personas saqueando el papel higiénico, farmacias abarrotadas de acaparadores de medicamentos, o vecinos iracundos atacando de forma física al personal de salud.

Taylor no ha dejado de documentar el comportamiento de diversos grupos sociales durante esta pandemia, y entre sus hallazgos se encuentra algo que ya sabemos: las personas tienden a rebelarse de forma natural cuando se les dice qué hacer o cómo comportarse, sin embargo, tal comportamiento continúa incluso cuando se trata de su propia seguridad y protección.  Esto último se convierte en la razón por la que un gran porcentaje de personas se resisten a poner en práctica las medidas de higiene, a pesar de la evidencia científica de su eficacia.

Ojalá se tratara solo de un cubrebocas, pero esto va más allá. Muchos hemos estado cerca de estas personas que, aunque no podemos generalizar, se parecen a quienes no respetan las luces del semáforo, comparten rostro con quienes fomentan la corrupción, se mimetizan con los que hacen trampa, son muy parecidos a los intentan pasar por encima de los demás con tal de conseguir sus objetivos y tergiversan información a su conveniencia, y claro, son idénticos a los que siempre tienen una justificación para su mal comportamiento crónico.

Este grupo nos lleva a reflexionar y poner en duda lo que durante muchos años creímos de la gente de nuestro país: que la mayoría piensa en el bien común sobre el propio, que nos unimos en las adversidades, los que no la pensamos dos veces para ir a buscar toda la noche bajo los escombros a un desconocido en peligro, aquellos que en las catástrofes nos volvemos más solidarios y altruistas. ¿Será que pasamos en tan sólo cinco meses del “Yo te echo la mano” al “sálvese quien pueda”?

Como muchos, me niego a creer que ante la aparición en esta última temporada de los rebeldes del cubrebocas, del termómetro y de los productos milagro, la convivencia social está en riesgo y conservo la esperanza de que si nos unimos, estamos a tiempo de contrarrestar su ruido. De no hacerlo, estaremos nuevamente en peligro de convertirnos en presa fácil de quienes mienten y manipulan para ganarlo todo.

 

@caromcpherson

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