El sol rojo y las xerófilas

Un espectáculo de intensos tonos naranjas y rojos que parecían sacados de una obra de arte; pero detrás de esas memorables fotografías está California.

 Por Carolina McPherson

Como cada año, vuelve a ser noticia que los bosques de California arden en llamas. Los resultados siempre son los mismos: fallecidos, desplazados, contaminación, destrucción… aunque en esta ocasión se suman los cielos ocres que llegan hasta el noroeste de México. ¿Será que hemos perdido nuestra capacidad de asombro ante la devastación en este 2020? o ¿será que ya no nos condolemos ante las catástrofes?

 

En estos últimos días cientos de imágenes inundaron las redes sociales mostrando lo hermoso que lucía el sol al atardecer. Un espectáculo de intensos tonos naranjas y rojos que parecían sacados de una película de efectos especiales o de una obra del arte impresionista. Pero detrás de esas memorables fotografías, en California se han destruido 1.2 millones de hectáreas forestales, algo así como diez veces la ciudad de Nueva York, además 30 personas han perdido la vida. Con cada foto del sol, estamos posteando en la red las consecuencias de la catástrofe.

 

Muchos han querido culpar de la tragedia a los cables eléctricos caídos o a los fuegos artificiales proyectados para una fiesta; sin embargo, los expertos coinciden en que no se trata sólo de incendios forestales tradicionales, sino de incendios climáticos extremos. Ahí la respuesta de por qué las áreas afectadas se han multiplicado por cinco desde 1972. Se habla además de otra poderosa razón que parecía inofensiva con el pasar de los años: con la explosión demográfica y el crecimiento urbano en California, los desarrolladores despreciaron las plantas nativas y llevaron pastos más inflamables que los endémicos de la región, follajes que se queman rápidamente.

 

Estas razones nos suenan conocidas y no estamos tan lejos de lo que ocurre en California. En las ciudades de nuestro estado estamos sacrificando las especies nativas en pos del mejoramiento del paisaje, como si lo nuestro no aportara belleza y diversidad. Con el pasar de los años hemos visto como en nuestras ciudades son cada vez menos frecuentes los jardines de cactáceas, de mezquites, palo fierro o palo verde; todas ellas plantas que sostienen el equilibrio de nuestro ecosistema. Estas especies son como nosotros mismos, están adaptadas al clima y nacieron para vivir con la poca agua de lluvia de la región y por si fuera poco, sirven de alimento y hogar para la fauna. En cambio, han sido reemplazadas por árboles de ambiciosos follajes que en tan solo unos días son olvidados por quienes los plantaron o por los pastos que se reproducen e invaden llanuras o colinas, y que una vez secos se convierten en material altamente inflamable.

 

Al igual que en California, en nuestro estado experimentamos olas de calor, corrientes de aire intensas y sequía, como la de esta última temporada en que los episodios de lluvia esperados jamás llegaron. Estas tres condiciones son el caldo de cultivo perfecto para los incendios. Recordemos que a finales de mayo de este año, también las redes sociales se llenaron de imágenes de un cerro en llamas al norte de Hermosillo. Asombrados nos preguntábamos las causas y buscábamos culpables, sin pensar que unos cuantos meses después estaríamos asombrados, encandilados y adormecidos por un sol rojo, del cual somos espectadores, pero que de no tomar cartas en el asunto, pronto podríamos ser nosotros los productores ejecutivos.

 

Dice un proverbio que “solo hasta que el último árbol sea cortado, el último río envenenado y el último pez atrapado, nos daremos cuenta de que no podemos comer dinero”. Estamos a tiempo.

 

@caromcpherson

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