La nueva colonización

Aunque para nadie es un secreto cómo funciona la lógica de mercado, es nuestra responsabilidad dejar de ser una sociedad pasiva.

Por Carolina McPherson

 

Ya no es un relato de ciencia ficción, es una realidad. Hace unos días, Elon Musk anunciaba Neuralink, la empresa emergente de nanotecnología que ahora trabaja en el desarrollo de un sistema de estimulación cerebral a través de un dispositivo que no requiere de cirugía mayor y que se implanta sin anestesia general. Según los avances, permitirá que los pacientes con parálisis recobren movilidad, que los débiles visuales recuperen la vista y quienes ahora no pueden, vuelvan a escuchar. Simplemente, milagros de la ciencia.

 

Este avance tecnológico forma parte de la explosión de la inteligencia artificial que muchos científicos vaticinaron para los inicios del siglo XXI como la muestra más poderosa de que el ser humano superaría a la naturaleza y sería capaz de llegar a sitios inimaginables. Si en la década de 1960 habían alcanzado la luna, ahora querrían adentrarse en el cerebro humano.

 

Tras el anuncio de Musk hubo todo tipo de reacciones, desde los que mostraban emoción por tal noticia, hasta los que aseguran que es una treta para controlar el comportamiento de las masas a través de los dispositivos móviles. Sin embargo, al centro de todo este debate, siempre se encuentra la relación de la tecnología con los valores humanos y la compatibilidad de las motivaciones de una organización con el esquema ético de las sociedades. Cada nueva proeza tecnológica debe también estar regida por principios que regulen las implicaciones que su aplicación traerá a la vida de los usuarios.

 

Precisamente Elon Musk y Sam Altman crearon en 2015 la Asociación sobre Inteligencia Artificial para establecer lineamientos que aseguren ésta se desarrolle para bien de la humanidad, que esté centrada en el ser humano, que priorice la atención a los grupos vulnerables, que respete los derechos humanos y no restrinja de forma alguna la libertad humana.

 

Estas normas suenan muy similares a las que formuló en el siglo pasado el bioquímico, científico, divulgador y escritor Isaac Asimov, quien como todo un visionario predijo la guerra nuclear, la tecnología digital y la ocupación del espacio. Él planteó en sus tres leyes de la robótica que un robot no hará daño a un ser humano ni, por su inacción, permitirá que un ser humano sufra daño; que debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas entran en conflicto con la primera ley; así como también que debe proteger su propia existencia en la medida en que no entre en conflicto con la primera o la segunda ley. Suenan simples, pero podrían incluso hoy darnos un norte en la concepción de los límites de las nuevas ciencias.

 

Aunque para nadie es un secreto cómo funciona la lógica de mercado, es nuestra responsabilidad dejar de ser una sociedad pasiva, que acepta sin más lo que las compañías ofrecen, sino por el contrario llegar a ser esa colectividad que desde lo individual se cuestiona, promueve la auto regulación y se involucra en la concepción de una tecnología al servicio del ser humano. No hay duda de que nos encontramos en la era donde el más poderoso no es el que conquista el espacio exterior, sino quien logre colonizar el cerebro humano.

 

 

@caromcpherson

https://blogdeletras.home.blog/