Una nueva Guerra Fría

Muchos dicen que esta Era no ha terminado, teoría que se refuerza en la nueva carrera por conseguir una vacuna contra el COVID-19.

Por Carolina McPherson

A mitad del siglo pasado, después de la Segunda Guerra Mundial, el planeta estaba completamente dividido en dos bandos. Si un país no se declaraba del lado de una facción, inevitablemente se asumía que era parte de la otra. Así, en medio del enfrentamiento político e ideológico entre Estados Unidos y la Unión Soviética por querer imponer sus hegemonías en el resto del mundo se cocinaba un nuevo orden mundial.

 

De esta forma y con el pasar de los años, los dos bloques mantenían una relación sostenida con pinzas, que tenía a la humanidad en vilo por una posible tercera guerra de dimensiones desconocidas. No hubo guerra ni enfrentamiento ni batalla nuclear o biológica, pero a esta tensa relación hasta hoy se le conoce como la “Guerra Fría”; mientras nuestro vecino del norte defendía los valores democráticos y el triunfo del capitalismo, la Unión Soviética promovía el socialismo, los principios de la igualdad económica y la fortaleza del Estado para arropar a los ciudadanos. El momento culmen fue la carrera espacial, donde las dos potencias tenían oportunidad de demostrar su poderío.

 

Todos nos hemos preguntado alguna vez si tales hazañas se habrían logrado por separado, ¿qué habrían logrado unidos?

 

Muchos dicen que esta Era no ha terminado, teoría que se refuerza en la nueva carrera por conseguir una vacuna contra el COVID-19. La guerra ya no es por alcanzar espacios extraplanetarios, sino por demostrar que la medicina y los avances tecnológicos de cada país son superiores y que entonces, cuando la vacuna salga a la luz el mundo entero deberá agradecer y rendir tributo al mandatario que haya conseguido esta nueva hazaña. En esta nueva carrera los plazos son forzosos y no se admiten fallas, pues están en juego millones de vidas humanas. La Sputnik V, nombre de la vacuna que ha anunciado el gobierno ruso no solo se enfrenta a las candidatas de Astra Zeneca o Sanofi, sino a las restricciones en Europa y el continente americano para cualquier desarrollo que venga de Moscú.

 

Mientras una vacuna en condiciones normales puede tardar en promedio cinco años para el desarrollo y producción hasta su llegada al usuario final, Rusia ha dictado un plazo de seis meses como máximo para que la suya esté lista. Sin duda estamos ante una nueva guerra, la guerra por retomar la confianza en los gobiernos, en la capacidad de los científicos de las grandes potencias, en los avances de la educación que han logrado los distintos sistemas económicos.

 

Por su parte, el director de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, Francis Collins, ha hecho una comparación de la Sputnik con con una ruleta rusa y ha insistido en que sus laboratorios también están muy avanzados en el desarrollo de la vacuna con tres candidatas en ensayos clínicos. Esto me recuerda a una de las frases más memorables de Louis Pasteur cuando después de muchos esfuerzos tuvo en sus manos la primera vacuna en 1884, que dice “la ciencia no conoce país, porque el conocimiento es la pertenece a la humanidad y es la antorcha que ilumina al mundo”.

 

Hoy que están al alcance de la mano múltiples de métodos y formas de producción, que la pandemia está cobrando miles de vidas diariamente en todo el mundo, volvemos a pensar en la quimera de que las potencias dejen de lado las absurdas e innecesarias competencias y den un paso atrás.

 

Cuánto podremos lograr, cuántas vidas podremos salvar, si la ciencia humana de las distintas latitudes se une en lugar de ponerse a pelear.

 

@caromcpherson

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